miércoles, 14 de marzo de 2018

Patricia no olvidará, pero ya ha perdonado

¡Soledad!



Ahora es cuando llega la verdadera soledad para Patricia y Ángel


La sonrisa de Gabriel, el pescaíto almeriense de Patricia y Ángel ha traspasado  las puertas del cielo y nadando está en los sueños de unos padres y unos abuelos que buscaran en sus recuerdos, en las fotos de Gabriel, la ausencia que notan en sus corazones, el vacío de su pequeña cama, el silencio que acompaña los amaneceres, las largas noches y los suspiros que se pierden trágicos y solitarios en la garganta reseca de una madre.

 Ahora es cuando llega la verdadera soledad que deja Gabriel en la familia, ahora es cuando se nota que algo se ha roto dentro del alma, que se van cerrando puertas, ventanas, días y noches y no hay donde encontrar consuelo. 

Son los grandes silencios que nos ofrece la vida, esos que se rompen con un tenue gemido, con un suspiro en medio de un sueño que no llega.

De esta situación se sale, dice el mensaje de cariño que le llega a la familia. 
No estoy tan seguro de ello. 

Conozco a hombres y mujeres, padres y madres, compañeros y amigos que han enterrado a un hijo o a una hija, y no en las terribles condiciones en que lo han hecho Patricia y Ángel, y no han superado la pena y soledad que les aprieta, les estrangula, les roba la vida cada minuto que pasa. 

Sólo un abrazo, sólo una voz es capaz de mitigar el dolor de Patricia, de devolver la alegría a su cara, de borrar esos surcos que atraviesan su tez, y ese abrazo, el de su pescaíto, y esa voz, la de su Gabriel (ya niño para siempre), no volverán a hacerse presentes en su vida. 

Ojalá fuese cierto, y de esta situación se saliera. 
Nos gustaría que así fuera y que la felicidad algún día volviera a unos ojos tan tristes como los que nos ha mostrado Patricia durante estos largos, interminables días de dolor para ella. 

Dolor que han compartido con ella y su familia miles de seres humanos que no entienden la maldad que se puede atesorar en un corazón, maldad que puede llegar a apretar la débil garganta de un niño de ocho años hasta hacerle morir.

¿Qué frialdad de alma y de sentimientos se puede tener cuando entre las manos se tiene el cuello de un niño inocente, un ser al que se dice querer? 

Cómo se puede borrar esa imagen de la mente de una madre, cuánto tiempo tiene que transcurrir para que eso ocurra? 

¿Qué nobleza de corazón hay que tener para perdonar un hecho así? 

Patricia no olvidará, pero ya ha perdonado.




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