viernes, 10 de noviembre de 2017

La realidad de un techo que se cae

El techo


El director del aeropuerto nos cantaba las excelencias de la terraza


La mejor de España, y del mundo, dijo esa mañana ante los representantes de los medios de comunicación, sentado en la cantada terraza almeriense, al tiempo que daba a conocer que el pasado verano había sido uno de los mejores de la historia del aeropuerto, con más de medio millón de viajeros volando desde él. 

Junto a la alegría de los viajeros, la promesa de las inversiones, unos cuantos millones para seguir haciendo del aeropuerto un centro seguro y a la altura del siglo que vivimos. 
La mañana de aquel martes todo era satisfacción, alegría y magia frente al Mediterráneo en las noticias y en la imagen del señor Lázaro. 

Las fotos del director, en la gran terraza del aeropuerto almeriense, demostraban la doble la satisfacción del hombre por el hecho conseguido y por el lugar que se ponía al servicio de los pasajeros y visitantes. 
Desde el nacimiento del mismo, en la década de los sesenta, el aeropuerto del Alquián ha sido un lugar de encuentro para muchos almerienses, pues la terraza que ahora se nos presenta tuvo una antecesora, no tan grande como la actual, cierto es, pero tan encantadora o más que la presente. 

Desde ella se veía el despegue de los aviones y desde ella se esperaba el aterrizaje y la llegada de familiares y amigos. 
Se perdió durante algunos años para los almerienses, como se perdió el puerto de la ciudad, que ahora aseguran que vamos a recuperar. 

No creo que sea posible recuperar hoy lo que Pedro Lozano nos quitó hace años. 

La alegría al director Pablo Lázaro no le duró mucho tiempo, dos días después, sólo dos días después, unos cuantos litros de agua le daban el baño de la realidad, la terraza es una hermosura, pero el techo del aeropuerto es un desastre. 

La catarata de agua que por él caía, y que ha corrido por la red a más velocidad que los aviones, junto al tremendo susto de algunas personas que estaban en el recinto ante el derrumbe de una parte del techo, han demostrado las carencias que aún tiene.


Nunca he pensado que la culpa sea del director, sólo recoger como la alegría de un día puede quedar destrozada por la fuerza de la naturaleza, y eso le ha ocurrido a don Pablo. 

Una pregunta: 
¿Ese techo es de los viejos, de aquel de los años sesenta con la famosa aluminosis, o forma parte de las últimas obras llevadas a cabo en el recinto? 
Es solo es por pura curiosidad.

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